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¿Quién gana y qué perdemos con las fusiones bancarias?

Con las fusiones bancarias pasa como a los casinos: la banca siempre gana. Pero hay que analizar el alcance de las pérdidas que sufre la sociedad y el paso atrás del sistema bancario con su teórica función social

El título de este artículo es una pregunta retórica, porque como sabe el lector la respuesta es muy obvia: gana la banca -como a los casinos- y pierde la sociedad. Es necesario, pero, una reflexión sobre el alcance de estas pérdidas que impactarán negativamente en los ciudadanos y los clientes del sistema bancario y que suponen un paso atrás en la función social que tiene encomendada este sector. Una tendencia parece que irrevocable que arrancó con la crisis de 2008 y está acelerando en los últimos meses. Y esto, a pesar de, recordemos, el rescate de 100.000 millones que se movilizó en 2012 para salvar las entidades bancarias. Una inyección ingente de dinero público que habría tenido que tener como contrapartida algunos compromisos en relación a esta función social que ahora se diluye por intereses puramente estratégicos y economicistas del sector.

Pero vamos por partes. En primer lugar, la sociedad ya pierde, desde un punto de vista humano, por doble partida. Por un lado se calcula, por ejemplo en la futura fusión BBVA y Banco de Sabadell, que el número de despidos oscilará entre 8.000 y 12.000 personas, lo cual se traduce en empobrecimiento de la sociedad. La segunda perspectiva de esta pérdida, refiriéndonos al mismo proyecto de fusión, es el cierre de sucursales, que puede llegar a unas 1.250 oficinas. Este último apunte se tendría que relacionar con la idea de alejar el ciudadano de las oficinas: los bancos acaban desarrollando una estrategia que acaba convirtiendo su cliente en su enemigo, no lo quiere ver a la oficina y, si osa ir, lo castigará con un endurecimiento de las condiciones para retirar simplemente el dinero que tiene depositados. Además, tenemos que recordar también la penosa situación a que se ve abocada nuestra gente mayor, no solo por el cierre de las oficinas en pueblos pequeños, sino también para forzarlos a hacer colas para retirar la pensión, en unos días y horas concretos, con el mal recuerdo que en algunos de ellos todavía puede tener esta idea de cola y “racionamiento” de tiempo y de oportunidad para acceder a una liquidez que los pertenece.

El rescate del sector bancario en 2012 habría tenido que comportar compromisos más rotundos para evitar estos movimientos que responden a lógicas puramente estratégicas y economicistas

En segundo lugar, las fusiones acaban creando un oligopolio, es decir, el dominio de unos pocos. Dicho esto, ya nos podemos imaginar un endurecimiento de las condiciones financieras, tanto para consumidores como para pequeñas y medianas empresas. Y esto llega en el peor momento, con la pandemia actual y con el comienzo del retorno de los ICO a partir de la primavera de 2021). Y para aquellos privilegiados que consigan el acceso a este nuevo crédito endurecido, también se encontrarán con la presión de consumir seguros, productos financieros dudosos por los que hace a los beneficios del cliente minorista (la inmensa mayoría de ciudadanos y empresas), sin perjuicio de un nuevo resurgimiento de productos financieros tóxicos, más sofisticados, con el peligro añadido de la contratación “virtual”, dado este alejamiento presencial al que antes nos hemos referido.

En tercer lugar, estas fusiones ya están incrementando la venta masiva de créditos de los bancos a fondo buitres, los cuales están desplegando sus alas sobre los ciudadanos y las pequeñas y medianas empresas, con llamadas telefónicas, misivas y nuevas demandas judiciales.

En cuarto lugar, las fusiones que obligan a recortar gastos como antes hemos remarcado, todavía alejan más la posibilidad del retorno de las colosales ayudas que con dinero público recibió la banca (es bueno recordar la gran cantidad que recibió Bankia, o las ayudas que recibió Catalunya Banc, mientras sus directivos se asignaban sueldos astronómicos, aunque esto último ya se ha visto que no es un delito).

Finalmente, nos queda una pregunta: después de ver todo el que perdemos los ciudadanos en estos planes de ajustamiento económicos que parece que son inherentes y necesarios a todos los procesos de fusión, ¿donde han ido a parar los beneficios de las entidades bancarias publicitados durante los últimos años? Por ejemplo, a principios de 2020, Banco de Sabadell manifestaba que había cerrado un buen ejercicio al 2019, después de superar la crisis de su filial británica TSB, que tantos de dolores de cabeza le produjo en 2018. Con todo, el grupo bancario cerró el ejercicio con un beneficio de 768 millones de euros, un 134% más que al 2018. De lo contrario, BBVA publicó unos beneficios relativos en el ejercicio 2019 de 3.512 millones de euros. CaixaBank, por su parte, obtuvo un beneficio en el ejercicio 2019 de 1.266 millones de euros. Por último, Bankia obtuvo, durante el ejercicio 2019, un beneficio de 541 millones de euros, con el comentario de que registraba el mejor año comercial de su historia. Beneficios de millones de euros por un lado -no tienen que sufrir por la liquidez como consecuencia de la pandemia como desgraciadamente pasa en tantos otros sectores- y, en el otro extremo, todo aquello que perdemos. Resumiendo: la factura de las crisis siempre la pagamos los mismos.

 

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